viernes, abril 29, 2005

Las Lágrimas de Medellín (Capítulo IV: Un cadáver entre el ganado)

Estuve un tiempo aclimatándome en Venezuela al clima tropical de la zona, antes de dirigirme hacia la frontera. Cuando un europeo aterriza en un país como Colombia o Venezuela siente en primera persona los efectos del calor y la humedad pesando sobre su espalda. Debo confesar que no me gusta ejercer mi trabajo en sitios como éstos, prefiero éste tipo de clima para mis ratos de ocio en sus hermosas playas, con una botella de ron cercana, chicas en bikini y el aire acondicionado esperando en las habitaciones del hotel. Hasta aquel entonces sólo había visitado el caribe en mis tiempos de estudiante universitario, cuando acudí al viaje de fin de carrera con mis compañeros de promoción a la isla de Cuba.

Me costó un tiempo cambiar la mentalidad ociosa de la hermosa ciudad de Caracas hacia el objeto del trabajo que me esperaba en Medellín. Sin embargo, la soledad de aquellos momentos me ayudó a concentrarme en mi labor. Debía coger un bronceado que me ayudara a dejar atrás mi palidez europea habitual; así conseguiría pasar algo más desapercibido en las calles de Colombia. El idioma no resultaba una barrera insalvable, pero el acento me delataba. A pesar de todo, eso no era un gran problema; tampoco tenía la necesidad de ocultar mi nacionalidad. De hecho esto sería muy positivo para ocultar el propósito de mi viaje: pocos policías sospecharían de un sicario extranjero ejerciendo su profesión en una ciudad como Medellín. Por primera vez en mi carrera no iba a precisar actuar de un modo tan sigiloso como acostumbro, dado que a nadie le extrañaría que mis víctimas fueran blanco de sicarios autóctonos. Es por ello que me agencié varias armas de fuego para poder llevar a cabo mi tarea.

Sin embargo, mi trabajo iba a sustituir el valor cualitativo de mis servicios por el cuantitativo. En lugar de eliminar a un solo individuo de una manera trabajosa, la dificultad del encargo radicaba en la cantidad de sujetos a abatir. Y es que la persona que me contrató tenía dinero suficiente y motivos sobrados como para pagar una carnicería. Nunca he sido partidario de tales actos, y ésta ocasión tampoco resultaba una excepción a la regla. Sin embargo, mi cliente me aseguró que no era el único sicario que había contratado para aquel trabajo, y es por ello que me pagaría en función de mi “productividad”. Las técnicas de motivación empresarial de éste hombre aplicadas al negocio de la muerte me resultaron, cuando menos, llamativas. Dado que era un tipo joven y ambicioso no me pareció mal eliminar a un par de individuos que me dieran cierto renombre antes de volver a casa.

Mi cliente era un acaudalado directivo de una empresa maderera. Perteneciente a una familia de buen nombre, había viajado por todo el mundo gracias a su padre diplomático. Ello le ayudó a fraguar buenos contactos a lo largo del globo, que más tarde resultaron muy rentables cuando decidió apartarse de la estela de su padre y dedicarse al mundo de los negocios. Su fortuna fue creciendo durante años de manera geométrica, siendo una de las figuras más acaudaladas de la esfera internacional a mediados de los años noventa. Su nombre era Rubén Aguirre.

Rubén tuvo varios matrimonios a lo largo de su vida. A pesar de enfrentarse a dos divorcios y una viudedad, nuestro hombre era todo un seductor. No volvió a casarse tras la muerte de su última esposa, pero sí frecuentaba la compañía de mujeres bastante más jóvenes que él: a pesar de superar los cincuenta años, sus amantes nunca llegaban a los treinta. Digamos que Rubén era un playboy que supo sustituir la decadencia de su físico con el atractivo color del dinero. De cualquier modo, esto le alejó de su única hija y heredera: Helena Aguirre.

Helena había sido fruto de su primer matrimonio. Al igual que su padre, Helena era una mujer de mundo con una especial inclinación hacia los negocios. Rubén la adoraba, y pese a sus diferencias, siempre fue un padre cercano y preocupado. A pesar del divorcio con su madre, los viajes de negocios, y el tiempo que padre e hija dedicaban a su trabajo y estudios respectivamente; Rubén siempre trataba de ajustar sus fechas de asueto para pasar largos periodos con su hija. Sólo la injerencia de Paula, su primera esposa y madre de Helena, había conseguido abrir una pequeña brecha entre los dos. Paula era una mujer muy religiosa que siempre vio con malos ojos la vida libertina de su primer marido. El divorcio fue para ella algo traumático, dado que como católica practicante, jamás contempló la idea de llegar a tener que recurrir a ésta figura. Sin embargo, ante la insistencia de Rubén, agotó todos los procedimientos hasta que la iglesia le concedió la anulación matrimonial a cambio de un buena suma de dinero.

Al divorciarse, fue ella quien se hizo cargo de la educación de la hija de ambos, y le pagó una estricta educación religiosa en uno de los colegios internos más selectos de Europa a cargo del dinero de su exmarido. Cuando Helena regresó del internado, seguía siendo una amante hija, pero había desarrollado una profunda desaprobación hacia el comportamiento matrimonial de su padre, que por entonces ya hacía frente a la separación de su segunda esposa.

Tanto Paula como Helena eran colombianas. Rubén conoció a Paula en un encuentro de negocios con la alta sociedad de Medellín; y fijó su residencia en la capital de Antioquia durante el tiempo que duró su vida conyugal. No fue hasta que contrajo matrimonio por tercera vez, cuando nuestro hombre por fin se asentó en su España natal, fijando su residencia en una lujosa masía en la isla de Mallorca. Desde allí controlaba sus negocios a la vez que convivía con su tercera esposa, la cual encontraba en aquel clima mediterráneo un lugar privilegiado para luchar contra la enfermedad respiratoria que la consumió hasta la muerte. Rubén celebraba desde la lejanía el éxito de Helena en sus primeros pasos empresariales.

Sin embargo, sucedió algo que hizo tambalear los pilares asentados de la vida apacible de mi cliente. El lujo y dinero de Helena no pasaron desapercibidos en todo Medellín. A pesar de vivir blindada, un grupo de delincuentes secuestró a la hija de mi cliente tras acribillar a balazos a sus dos escoltas. Aquello fue todo un mazazo para Rubén, que se desplazó a Colombia de inmediato, y volvió a compartir por primera vez en veinte años una habitación con Paula. Rubén vivía en la incertidumbre sobre la identidad de los secuestradores: no sabía si aquello era obra de la guerrilla, del cártel de la droga o de una banda de delincuentes comunes. La policía se volcó con el caso y rastreó las comunas de Medellín en busca del paradero de Helena. A la vez, nuestro hombre contactó con los mejores mediadores de secuestros que su dinero pudo pagar.

Todo parecía ir sobre ruedas, cuando una redada policial lo echó todo a perder. El mismo día en que Rubén hizo entrega del dinero del rescate, la policía irrumpió en el territorio de una banda conocida como “el combo del Lucio”. Tras un tiroteo con varios de sus sicarios que acabó con la vida de dos policías, tres miembros del combo y un transeúnte, los acontecimientos se precipitaron. El “patrón Lucio”, que era quien andaba detrás del secuestro, tomó serias represalias por aquella incursión en su feudo. Helena fue devuelta a su padre maniatada y ejecutada de un disparo en la cabeza. Fue encontrada por un ganadero de Medellín que descubrió el cadáver de la mujer entre el barro y los excrementos del lugar donde pacen las vacas de su granja.

Aquello abrió la puerta de las tormentas. Rubén explotó de ira: le habían arrebatado a su única hija. No se fiaba de la labor de la policía, que era incapaz de incriminar a Lucio; ni contaba con la profesionalidad de los sicarios autóctonos, la mayoría de los cuales, bien respetaba demasiado al “patrón” como para intentar matarle, o bien estaban a servicio del mismo. Así pues mi cliente echó mano de los profesionales del exterior. Buscaba un grupo selecto de individuos que exterminase a los miembros del combo; y a su vez, ofrecía dos millones de libras esterlinas por la cabeza de Lucio. Por cada miembro de la banda muerto pagaría 100.000 Libras, y dejaba en manos del afortunado que diera caza al tipo en cuestión, apoderarse del dinero del rescate cobrado por Lucio: casi 10 millones de dólares americanos. Ante semejante oferta económica, fuimos pocos los que nos resistimos a participar en aquel encargo.

Así pues, preparé mi paso a través de la frontera amazónica entre Venezuela y Colombia con destino a Medellín, haciendo una escala previa en Cúcuta para aprovisionarme de herramientas de trabajo. Ante mí se abría un encargo demasiado jugoso económicamente como para despreciarlo. Sin duda fue un error de percepción que más tarde me ayudaría a cambiar mi política laboral. En aquel entonces no era consciente del baño de sangre al que me dirigía.

5 Comments:

Blogger Hel Taranis said...

me parece que me he quedado esperando la continuacion de la historia de las lagrimas de medellin. es muy bueno. ojala escribas el resto pronto.

saludos

7:59 AM  
Blogger Roberto Iza Valdes said...

Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

8:07 PM  
Blogger Roberto Iza Valdes said...

Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

6:28 PM  
Blogger Roberto Iza Valdes said...

Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

11:21 AM  
Blogger El Tío Lolo te busca...... said...

YO ME ENGANCHE DESDE LA PRIMERA HISTORIA, QUE MALO QUE ME HAN DEJADO PICADO Y NO HE PODIDO TERMINAR ESTA ULTIMA

TODO EL BLOG LO LEI EN DOS DIAS, JAJAJ, LE DEDIQUE TODA UNA TARDE A LEERLO CON CALMA,, NI TRABAJE,,, JAJA

SALUDOS Y CUIDESE

AQUI LO ESPERA UN SEGURO Y SERVIDOR LECTOR

8:00 AM  

Publicar un comentario en la entrada

<< Home