Las Lágrimas de Medellín (Capítulo III: Hugo)
Hugo Balboa era un alma libre. Las normas no estaban echas para él, aunque sabía que para poder sobrevivir es necesario contemplarlas. De ese modo siempre se pueden saltar en el momento oportuno. Lo importante para él era poder moverse por sus propias leyes. Su hermana Lucita había intentado en vano meterle en cintura: sus esfuerzos porque acudiera a la escuela, a la misa dominical o a las tareas del hogar habían resultado infructuosos. Hugo aprovechaba el menor despiste para hacer novillos, salir por la puerta lateral del templo o remolonear los deberes caseros para endosárselos a la vieja Milagros. Vivir bajo el dictado de su hermana no era lo que nuestro chico entendía como “el destino de un hombre”.
Hugo vivía convencido de que el mundo deparaba algo grande para él. Daba igual que viviera en una de las comunas más miserables de todo Medellín: si sobrevivía en aquella inmundicia era porque con ello estaba labrando la base de su futuro. Sabía de sobra que los árboles con las raíces más sólidas son aquellos que crecen en las laderas más escarpadas. Para poder hundir de manera más profunda sus raíces y mantenerse siempre en pie, debía crecer en las peores zonas de Medellín. Quizá por ese motivo aprovechaba la menor ocasión que se presentara para escapar de la escuela y empaparse hasta los huesos de las enseñanzas de la universidad de la calle.
En el aprendizaje siempre le acompañaban dos inseparables compadres: Roque y Mateo “el negro”. Roque era un chico alto y flacucho: a pesar de ser un año menor que Hugo, su estatura siempre le daba un aspecto mayor al de su edad. Había ido a la misma escuela que Hugo, hasta que comprendió que aprendería mucho más en sus correrías callejeras que entre los libros. Mientras estuvo en las aulas aprendió a leer y a escribir, a sumar y a restar; todo lo demás que pudieran enseñarle ya tendría poco sentido. En la calle podía aprender otro tipo de cosas: trepar a los árboles, colarse en las casas de los vecinos, practicar su puntería con tirachinas sobre los perros callejeros, o robar con el oficio de un raterillo a los transeúntes más despistados. Por lo demás, Roque no era una lumbrera; sabía de sus limitaciones y aceptaba de buen grado los consejos y compañía de sus camaradas. Seguía las indicaciones que le hacían al pie de la letra, sin pensarse las cosas demasiado.
Mateo “el negro”, por su parte, era un muchacho que nunca había pisado la escuela. Abandonado por sus padres, había vivido con su abuela hasta la muerte de ésta. Desamparado por todos, Mateo había salido adelante por sus propios medios. Al principio mediante la mendicidad, hasta que un día un grupo de mendigos profesionales le propinaron una golpiza debido al éxito que cosechaba aquel niño negrito y desangelado en la piedad de las beatas. Después de eso, Mateo fue acogido por un comerciante bienhechor que se compadeció de él y le ofreció un pequeño empleo repartiendo el pan a los clientes de la tienda que regentaba. El dinero que sacaba Mateo de aquel trabajo eran tan escaso que apenas le daba para comer; así que de vez en cuando metía algún bocado al pan que tenía que repartir. Las quejas de los clientes por el estado del género llevaron de nuevo a Mateo a tener que ganarse la vida por sus propios medios. Empezó entonces su carrera de ratero: se mezclaba entre la multitud que se agolpaba frente a los puestos del mercado y allí levantaba con bastante talento alguna que otra cartera, o algo de comer de entre la mercancía a la venta. Rara vez le cogían con las manos en la masa, y las cachetadas que recibía eran poca cosa comparada con los beneficios que obtenía. Si los vendedores del mercado empezaban a familiarizarse con su cara, Mateo cambiaba de zona hasta que le expulsaran de su nuevo campo de trabajo.
Entre éstos dos compañeros de correrías: un gigante sumiso, y un ignorante de acción; Hugo destacó enseguida por su capacidad de liderazgo. Eran como su banda particular. Juntos planeaban pequeñas jugarretas que les reportaban satisfactorios beneficios. Y es que Hugo tenía talento para el crimen: poniendo al desangelado Mateo en una posición adecuada junto a un semáforo, el negrito fingía ser atropellado por el primer auto en que veía que el conductor miraba más a la luz roja que a la calle en el momento de la frenada. Al ser el más bajito y patético de los tres, la víctima se sobresaltaba al sentir el golpe contra el parachoques: como si hubiera arrollado a algún animal callejero. Cuando el incauto salía para ver la magnitud del impacto, Hugo y Roque corrían a desvalijar lo que hubiera a la vista dentro del vehículo. Era una operación que se hacía en segundos, y por lo general siempre conseguían escabullirse con éxito entre las callejuelas embarradas de la comuna antes de que la víctima pudiera reaccionar.
Sin embargo, aquellos pequeños golpes no eran más que un trabajo de principiantes. Lo que realmente admiraba Hugo era el combo del Lucio. El combo era la banda que reinaba sobre la comuna. Había nacido inspirada por los grandes dirigentes de la droga que sucedieron a la muerte de Pablo Escobar en 1993; en medio de la guerra de los narcóticos que había sacudido Medellín durante los tiempos del cártel. Lo que al principio era un grupo de matones a las órdenes de los caudillos de aquella guerra subterránea; terminó asentándose como una organización jerárquica en la que grupos de sicarios dirigidos por el líder local, Lucio, ejercían un poder efectivo sobre su territorio. Actualmente se calcula que en Medellín existen más de 8500 personas integradas en unas 200 bandas criminales. El combo del Lucio fue una de las bandas pioneras.
Hugo admiraba a todos los que trabajaban para Lucio. Él era “el patrón”. Dirigía el comercio de la droga en la comuna, empleaba a jóvenes para hacer de camellos, mensajeros o incluso sicarios. Con el patrón se sabía que el dinero estaba asegurado. Sus allegados vestían ropa cara y llevaban prendidas joyas de oro. Sabían que nadie se atrevería a tocarlos, pues ellos eran la seguridad de la barriada: los peones que hacían imperar la ley real de Lucio. Ninguna otra banda, la policía o guerrilla importunaría a los miembros de la comuna mientras Lucio estuviera al mando. Si alguien cometía una falta grave, sabía que Lucio haría imperar su ley. Era a su manera como un juez que intermedia en los problemas de su comunidad. Cuando alguien tenía algún problema serio, una disputa o una queja, acudía donde Lucio. Éste repartía consejo, daba órdenes y mediaba en los conflictos para mantener un cierto orden entre las chabolas. Su poder no se basaba tanto en el miedo a la fuerza como en el respeto entre sus convecinos. La violencia la reservaba para sus enemigos fuera de la comuna. Allí es donde Lucio se mostraba más expeditivo: mataba, secuestraba, torturaba y amenazaba a todo aquel se interpusiera en su camino.
Hugo supo desde el principio que quería formar parte de la gente del “patrón”. Con Lucio era como mejor se prosperaba dentro de la comuna. Él aseguraba el pan, las chicas y el dinero. Sus gentes eran respetadas y temidas. Cuando un conocido suyo entró a formar parte del combo, Hugo sintió las punzadas de la envidia en su interior. El patrón se había fijado en un chico bajito y moreno llamado Norberto, a quien Hugo conocía bien. Norberto y su hermano Nicolás hacían de sicarios para el patrón. Si alguien defraudaba a su jefe, Nicolás se ponía a los mandos de una desvencijada motocicleta que les proporcionaban otros miembros de la banda y sentaba Norberto tras de sí con un arma. Esperaban a que su víctima saliera a la calle y entonces arrancaban el motor y salían a su encuentro. Todo era cuestión de segundos: en cuanto pasaban a la par del desgraciado, Nicolás reducía ligeramente la marcha y Norberto descerrajaba varios disparos sobre el objetivo. Todo rápido y eficaz.
-¿Y qué se siente al matar a alguien?- Preguntaba ávido de respuestas nuestro chico cuando oía las aventuras de Norberto rodeado de sus amigos.
-Alivio.- Decía Norbeto haciéndose el interesante.- Alivio, porque sabes que no has defraudado al patrón. Sabes que el patrón te recompensará.
-Pero me refiero cuando matas al cabrón.- Insistía Hugo.- ¿En que piensas en el momento de disparar?
Entonces Norberto sacaba su revólver del calibre 38 y lo empuñaba con sus dos manos apuntando a la cara de Mateo “el negro”.
-Pienso: “¡Pirobo e Hijoeputa! ¿Pensabas que te ibas a ir de vacío? ¡¡Pues yo te voy a llenar de plomo!!”- Y torciendo la boca en una mueca de odio imitaba el sonido de las detonaciones como si vaciara el cargador sobre la cara sorprendida de Mateo- ¡Bang, Bang, Bang, Bang, Bang, Bang!


1 Comments:
Terrible realidad.
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