martes, abril 26, 2005

Las Lágrimas de Medellín (Capítulo I: Rumbo a Colombia)

Sobre la pantalla de la terminal del aeropuerto parpadeaba el aviso de embarque para el vuelo de Caracas. Por fin iba a abandonar aquella sala de espera maloliente. Junto a mí un tipo bigotudo y sudoroso leía la prensa recostado sobre el asiento de plástico. Actuaba como si se encontrara en su propia casa, despatarrado sobre la silla, ajeno al mundo que le rodeaba. Mantenía el periódico ligeramente levantado, pegándoselo a la cara, como si fuera miope. Ignoraba que con esa postura elevaba ligeramente las axilas, dejando a la vista un cerco asqueroso de sudor en su camiseta del que se desprendía un hedor inaguantable. Estuve a punto de llamarle la atención si no fuera por el hecho de que por fin nos llamaban a embarcar.

Al llegar a mi asiento de clase turista, lo primero que hice fue quitarme los zapatos. El retraso de mi vuelo de enlace me había hecho correr con el equipaje de mano de una punta a otra del aeropuerto por temor a perder el pasaje a Venezuela. Ahora mis pies se resentían de aquel calzado tan poco apropiado para la carrera. Iba a estar horas metido en aquel trasto, así pues lo mejor era acomodarse. Tuve suerte de compartir asiento con un matrimonio de jubilados irlandeses. Fingí no comprender palabra alguna de inglés y me dejaron en paz. Tenía la cabeza ocupada en asuntos más interesantes. Si les molestaban mis pies descalzos podían irse al infierno; no estaba dispuesto a ceder ni un milímetro de confort en aquel largo trayecto que me esperaba. Por fortuna pareció no importarles mi actitud en absoluto.

Obvié las indicaciones de seguridad para caso de accidente que nos mostraba la azafata –como si una caída en picado al mar desde miles de metros pudiera amortiguarse con una posturita sobre el asiento- y desvié mi atención hacia el trabajo que me iba a mantener ocupado durante los próximos meses. No era la primera vez que cruzaba el charco por motivos laborales, pero nunca hasta entonces debía ir a un sitio donde esperara menos mi concurrencia: Colombia.

Por lo general mis primeros trabajos no me habían echo abandonar Europa mas que en un par de ocasiones, donde los pasos de mis víctimas me condujeron a las ciudades de Filadelfia y Boston; en la costa este de los Estados Unidos. Jamás se me había pasado por la cabeza que alguien llegara a contratar los servicios de un sicario europeo para trabajar en Colombia. Éste es un país de contrastes, un lugar donde la industria de seguridad es la primera empresa privada –y legal- de su economía. Fue en Colombia donde mi profesión fue denominada con el cultismo castellano que la define; el lugar donde abandonamos el arabismo del “asesino” para volver a las raíces latinas del “sicario”.

Siempre me ha fascinado Colombia. En cierta manera es un país sobre el que se ha fraguado una leyenda negra alrededor del mundo. Nadie en su sano juicio viajaría hacia ese estado Caribeño sacudido por una larga guerra civil entre el poder establecido en el gobierno legal, las guerrillas y los paramilitares: todo ello sin mencionar la fama adquirida por sus cárteles de la droga y su elevado índice de criminalidad. Sin embargo, donde todo el mundo ve peligro y miedo, para mí, Colombia es el país más renacentista del mundo. Es la Italia del S XVI con la cara de la postmodernidad; y Medellín es su Florencia. La adversidad política suele generar la primavera del talento: esto parece una norma universal. La pugna entre los republicanos y los príncipes de la familia Médici brindó a la Florencia renacentista de genios artísticos como Da Vinci; o literatos como Maquiavelo. La decadencia política española del SXVII es conocida como el siglo de oro de sus artes con Velásquez en la pintura, Calderón de la Barca o Cervantes en su literatura. Algo semejante ocurre con Colombia. De la tragedia nacional en que vive sumida, sus gentes han aprendido a brillar con luz propia, otorgándonos a escritores como García Márquez, artistas como Botero o músicos que venden millones de copias de sus trovas a lo largo y ancho del mundo: Carlos Vives, Shakira, Juanes… y un largo etcétera.

Frente a lo que piensa el resto del planeta; Colombia es el estado menos machista de América Latina (si bien el machismo sigue teniendo un peso importante en todo el hemisferio); además de expresarse en el idioma castellano de la manera más refinada. Las gentes que tienen acceso a la cultura colombiana no pueden por menos que quedarse prendados de ella; tras la falsa apariencia tercermundista del país, se esconde una auténtica potencia cultural.

Sin embargo, debemos tener en cuenta la otra cara de la moneda. El alma de Colombia se asemeja mucho a su naturaleza. La belleza del Caribe tiene sus peligros en forma de huracanes o enfermedades tropicales. Así Colombia tiene en su alma un peligro que debe ser tenido en cuenta antes de cruzar sus fronteras: la selva virgen que se extiende en su territorio no acaba en las lindes de la ciudad. De hecho, sus ciudades forman una parte integral de ésa selva; y en ellas impera su ley. Es la ley de la supervivencia. Es peligroso dejarse engañar por sus rascacielos y la apariencia de sus avenidas, ya que en un país de contrastes como éste, con megalópolis construidas en el corazón del bosque más frondoso; la distancia que separa a la riqueza más ostentosa con la miseria más extrema es una línea demasiado delgada como para obviarla. El lujo y el hambre no sólo conviven codo con codo, sino que se interrelacionan.

De ésta forma ha florecido el negocio del crimen; y entre los criminales, el sicario es una institución. En un lugar donde la tasa de paro y la desesperanza son tan elevadas; el sicario es un profesional liberal que obtiene una salida fácil de la miseria. Su salario dista mucho del que obtiene un tipo como yo en un país europeo: de las decenas o centenas de miles de euros que puedo llegar a cobrar por un encargo; un sicario colombiano apenas percibe un par de miles de dólares por trabajo. Es por ello que jamás pensé que alguien de éste país acabara recurriendo a mis servicios y pagara la suma que cobro por encargo. Sin embargo en ésta ocasión, mi cliente requería mano de obra de importación sin importar los gastos. Tenía entre manos un encargo muy particular para alguien como yo.

En éstos pensamientos tenía centrada mi atención cuando rugió el sonido de los motores y el avión comenzó su carrera precipitada por la pista del aeropuerto. Mi idea era llegar a Caracas y pasar allí unos días para hacerme al clima tropical. Haría algo de turismo y pasaría como un visitante más de la bella ciudad caribeña. Después tomaría rumbo hacia la frontera: entraría en el país por la ciudad amazónica de Cúcuta. Desde allí prepararía el viaje hacia mi destino final en el corazón de Antioquia: a más de mil cuatrocientos metros de altura me esperaba la urbe de Medellín.

1 Comments:

Blogger Chica_Llavero said...

Diferentes puntos de vista, yo leí Sicario de Figueroa, creo que es la realidad colombiana más escalofriante.

Casi que prefiero lo malo conocido...

3:08 AM  

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