miércoles, abril 27, 2005

Las Lágrimas de Medellín (Capíluto II: Lucita)

Lucita se levantaba cada mañana antes del alba para poder ir a trabajar. Para ser una mujer de la comuna era bastante afortunada, ya que esquivando las dificultades de la vida había conseguido un empleo en un hotel del centro de Medellín. A pesar de su aspecto frágil y delicado, era una mujer hecha a sí misma. Quedó huérfana de padres con quince años, y pasó auténticas dificultades para sacar adelante su propia vida y la de hermano menor, Hugo, que por entonces contaba con nueve años. La vida en las chabolas de la comuna no es fácil para nadie, pero ella supo apañárselas para sobrevivir. Desde el primer momento sabía que no estaba echa para la mendicidad; tenía la suficiente cabeza como para saber que el dinero fácil de la prostitución puede convertirse demasiado pronto en una trampa sin salida en la que lo más probable era que acabase muerta, enferma o dominada por alguna de las bandas locales; y la droga era algo que aborrecía: ya se había llevado por delante la vida de sus padres. Fue así que Lucita decidió trabajar duro, como miles y miles de compatriotas esforzados que sobreviven haciendo trabajillos que les permiten salir adelante cada día. La muchacha se levantaba temprano y acudía el centro a vender flores que ella misma recogía. La venta ambulante era su medio de subsistencia provisional. No daba para mucho, pero siempre podía llevar algo de pan a casa.

La suerte comenzó a sonreírle pasado un tiempo, cuando encontró un empleo de asistenta en un hotel cercano a donde vendía su mercancía. No era una maravilla: muchas horas y pocos pesos, pero por lo menos le daba una mayor estabilidad que la venta de las flores. La labor en el hotel era muy sacrificada. No sólo tenía que lidiar con la limpieza de las habitaciones, la colada de los huéspedes y el estropajo de la cocina: tenía que aguantar también las insinuaciones de los asistentes, el desprecio de los recepcionistas y el acoso de Héctor, el cocinero. Ser una chica joven y sin compromiso era sinónimo de ser el juguete de todo aquel cabrón que pensaba que una doncella frágil como ella debía estar agradecida por los toqueteos a los que la sometían.

Entraba a trabajar muy temprano, y sólo volvía a su casa cuando, al caer la tarde, los empleados del hotel procedían al cambio de turno. Volvía entonces hacia las luces titilantes que trepaban por las laderas de las montañas por las que se expande la ciudad. Allí le esperaba Hugo, su única familia y mayor preocupación. Hugo era todo lo contrario a su hermana, irresponsable, alocado y descreído. Mientras Lucita se había sacrificado por mantener a flote la vida de ambos, ganando dinero para que pudieran comer y vestir, su hermano vivía a su aire. A pesar de los esfuerzos de Lucita porque fuera a la escuela y pudiera aprender un oficio, Hugo aprovechaba la menor oportunidad que se le presentaba para hacer novillos y corretear por las calles junto con sus compañeros de fechorías: Roque y Mateo “el negro”. Su hermana sólo pudo contagiarle una parte de su piedad religiosa, pero él no vivía la fe católica más que a su manera: como una forma de superstición santera. Él era un producto de la comuna, un hombre de la calle. Admiraba a los chicos del combo del Lucio, la banda local que dirigía la barriada como un feudo medieval. Los miembros del combo eran los que marcaban las normas, vestían la mejor ropa, besaban a las mejores chicas, exhibían cadenas y pulseras de oro y dominaban la seguridad del barrio a golpe de balacera.

Lucita sabía de las correrías de su hermano, pero no podía hacer mucho. El trabajo apenas le dejaba tiempo para atender a su hermano menor. Cuando llegaba del trabajo, con los pies pidiendo descanso, la cara fatigada y la espalda molida de cansancio; apenas se quitaba el uniforme del hotel, guardaba la placa de identidad donde su nombre de pila –María de la Luz Balboa- se adosaba junto a una foto suya descolorida; nuestra chica tenía que ponerse a preparar la cena y arreglar la casa. Hugo no colaboraba en aquellas labores: no era propio de un hombre respetable, ni su hermana podría obligarle como cuando era un niño.

Así pasaba la vida de Lucita, con 23 años, soltera, trabajadora y cabeza de una pequeña familia en una de las zonas menos recomendables de Medellín. Levantándose al alba, trabajando como una esclava y con un ojo pendiente en su hermano de 17 años: una edad demasiado difícil como para que no se viera seducido por el dinero fácil de las bandas, la droga o el crimen que reinaba en la comuna.

La única aliada con que contaba Lucita era la vieja Milagros; una vecina viuda y arrugada con la que compartía misas los domingos. Milagros era una anciana alegre y dicharachera. Vivía sola desde hacía más de diez años, cuando su marido murió de cáncer. Tenía ocho hijos que le daban una parte de su sueldo: no era mucho, pero ella había criado a su prole con mucho menos dinero y sabía como sobrevivir. Cuando Lucita quedó huérfana, la vieja Milagros le ayudó desinteresadamente. Le enseñó donde recoger la mejores flores silvestres y a cultivar rosas y claveles en el pequeño patio embarrado que ambas compartían. De vez en cuando, si Lucita regresaba agotada a casa, Milagros ya se había encargado de hacer la cena, y nuestra chica podía irse a la cama a descansar.

Cuando Lucita tenía tiempo libre, acudía a tomar algo de café y galletas a casa de Milagros, y allí charlaban delante de una pequeña televisión en blanco y negro donde la anciana veía las novelas que tanto la entretenían. Allí la viejilla pasaba los mejores ratos, entre el sabor intenso de la bebida y la compañía agradable de la joven.

-¿No vas a buscar marido, Lucita?-Milagros siempre le hacía las mismas preguntas mientras los enamorados de la televisión vivían intensos dramas- Estás en edad de merecer…

-¿Para qué lo necesito? Bastante tengo con Hugo, que sin ser marido ya me trae por el camino de la amargura.

-El matrimonio es sacramento cristiano, no debe ser motivo de amargura, mi paisita –la anciana insistía.-Treinta años estuve desposada con Guillermo, a quien Dios tenga en su gloria, y fueron los más dulces de mi vida.

-Pues yo no veo qué puede tener de bueno otra boca que alimentar.-Lucita se hacía de rogar.- Los hombres de la comuna son vagos o miserables…¡O una mezcla de ambos! Y mis compañeros de trabajo no son mejores…

-El que busca encuentra- interrumpía la vieja Milagros-…eso dice la Biblia. Además, no todo es dinero y sacrifico en el matrimonio.

-¿Acaso hay algo más?-la joven bostezaba y ponía cara de aburrimiento

-El goce de la vida conyugal, mi paisita- la anciana abría entonces una sonrisa amplia y desdentada- ¡Si es que tienes vida entre las piernas!

Lucita se sonrojaba durante un momento antes de acompañar a la anciana en sus sonoras carcajadas. Fuera de la casa la lluvia caía torrencialmente, purificando con su agua los polvorientos tejados de uralita de las chabolas.

1 Comments:

Blogger Historias de Rojo Sillon... said...

No he sabido mas de ti, eso no puede ser bueno.

2:35 AM  

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