lunes, diciembre 18, 2006

Sentidos aletargados


Hacía tiempo que no sentía esta sensación. Los músculos en tensión, la respiración contenida, el corazón tamborileando mi pecho y los ojos en llamas. Los dedos recordando segundo a segundo su oficio, el papel que deben jugar en cada instante, volviendo a reclamar su quehacer con cada movimiento. Recuperar los hábitos oxidados por el desuso, reconocer la sonrisa del lobo viejo que limpia su colmillo con la sangre de la presa que nunca pensó en volver a alcanzar con sus patas maltrechas: hay instintos que no se pueden aplacar por el olvido.

Paso a paso los pies del sicario viejo vuelven a encontrar los senderos de la noche al cobijo de las sombras. Eres un jodido yonki de este trabajo. Siempre piensas que será la última vez, que ya tienes dinero de sobra, que esto lo haces por darte un último capricho caro antes de colgar los guantes. Pero nunca lo dejas. Unos meses de retiro y otra llamada, otro porqué y otro porqué no. Un cliente, una bonita suma, un nuevo objetivo. El trabajo paciente y laborioso, el seguimiento, los sesos devanándose en la metodología, las rutinas, los puntos débiles, quizá un pavo, estudiar, repasar… hasta que llega la hora. Emerges de la sombra y contagias de ésta a tu víctima. Otra mirada desgarrada, la mueca desdibujada de un último suspiro y el engranaje de la huída comienza de nuevo.

Hay cosas que un sicario no olvida.

martes, marzo 14, 2006

Cadáveres en el armario


A veces el trabajo se antoja monótono. Demasiados cadáveres en el armario y tan poco tiempo para las cosas realmente importantes. Ver amanecer, tomar una copa en el porche de casa mientras miras las estrellas, un baño de espuma, disfrutar de la fragancia de las rosas… Pequeños grandes placeres que se echan de menos cuando te metes en la vida de otra persona antes de ponerle fin.

Últimamente me noto descentrado, como si la cercanía de la jubilación me hiciera perder la concentración. Pienso en dejar todo esto atrás, unas vacaciones, una casa con vistas al mar, tiempo para mí y para mi vida. Vida después de la muerte. Cuando ejecute mi último encargo comenzará mi nueva y verdadera vida. Cuando mi objetivo deje de respirar, con él dejará de hacerlo el Sicario.

Entonces mis manos se dedicarán a otros menesteres más cotidianos. Podar plantas, acariciar el rostro de una mujer, cambiar las pilas del mando a distancia del televisor, tumbarme a la sombra de mi jardín y leer un buen libro… La vida es hermosa cuando dejamos atrás el trabajo y tenemos todo el tiempo del mundo para disfrutarla saboreando cada momento. Es entonces cuando podré ponerme en serio a redactar todos los pormenores de mi carrera. Esos que me recuerden quién solía ser Antonio García.

Seguiré leyendo y respondiendo a todos los que deseéis charlar con éste sicario en vías de jubilación. Entretanto quizá encuentre tiempo para ir dejando alguna que otra historia o retazo de los pensamientos que me abordan. El viaje todavía continúa.

lunes, febrero 27, 2006

Sombra de Sicario



La jubilación está a la vuelta de la esquina. El trabajo nunca debería ocupar tiempo en la vida de nadie si ya has ahorrado el dinero suficiente como para no volver a necesitar de él para vivir cómodamente. No se imaginan la cantidad de gente que conozco y he conocido gracias a mi trabajo que es incapaz de decir "¡basta!". Gente vacua que no es nadie sin su trabajo; individuos domesticados por su oficio; esclavos de su profesión. Renuncian a sus cónyuges, a sus hijos, al placer, a su vida por trabajar. Si el día de mañana perdieran su empleo se volarían la cabeza sin dudarlo en caso de que supieran que nunca encontrarían otro trabajo.

A veces la costumbre no nos permite ser conscientes de la verdad: que el dinero es sólo un medio para vivir bien, y que una vez ganado el suficiente, seguir acumulando es perder el tiempo; fórmulas sofisticadas del síndrome de Diógenes. Algunos continúan por el poder que detentan en sus puestos, otros porque sólo se realizan en su trabajo. Lo cierto es que si se retiraran cuando hubieran alcanzado una suma suficiente como para vivir con comodidad no existiría la palabra desempleo.

Actualmente preparo mi último encargo, y apenas tengo tiempo para mis memorias. Sin embargo de vez en cuando encuentro algo de tiempo y me pongo delante del portátil para releer mis hazañas. Encuentro erratas y faltas; y en ocasiones mensajes dejados por aquellos que se dejaron caer y querían comentar algo que les había gustado de la historia. La sobra del sicario siempre está presente en éstas páginas.

Es por ello que abro la veda para aquellos que quieran hablar. Soy consciente de que en las actuales circunstacias no puedo escribir al ritmo que a mi me gustaría, pero sí hablar de vez en cuando con todos aquellos que quieran sobre el tema que más les guste. Prometo contestarles, pero les ruego que no me asedien con pormenores de mi trabajo. Cada maestrillo tiene su librillo, y no pienso tutorizar amateurs. Por encima de la sombra del Sicario está Antonio García; ese tipo gris que puede compartir con usted la máquina expendedora del metro por la mañana.

A partir de éste momento es su turno.