Sentidos aletargados

Hacía tiempo que no sentía esta sensación. Los músculos en tensión, la respiración contenida, el corazón tamborileando mi pecho y los ojos en llamas. Los dedos recordando segundo a segundo su oficio, el papel que deben jugar en cada instante, volviendo a reclamar su quehacer con cada movimiento. Recuperar los hábitos oxidados por el desuso, reconocer la sonrisa del lobo viejo que limpia su colmillo con la sangre de la presa que nunca pensó en volver a alcanzar con sus patas maltrechas: hay instintos que no se pueden aplacar por el olvido.
Paso a paso los pies del sicario viejo vuelven a encontrar los senderos de la noche al cobijo de las sombras. Eres un jodido yonki de este trabajo. Siempre piensas que será la última vez, que ya tienes dinero de sobra, que esto lo haces por darte un último capricho caro antes de colgar los guantes. Pero nunca lo dejas. Unos meses de retiro y otra llamada, otro porqué y otro porqué no. Un cliente, una bonita suma, un nuevo objetivo. El trabajo paciente y laborioso, el seguimiento, los sesos devanándose en la metodología, las rutinas, los puntos débiles, quizá un pavo, estudiar, repasar… hasta que llega la hora. Emerges de la sombra y contagias de ésta a tu víctima. Otra mirada desgarrada, la mueca desdibujada de un último suspiro y el engranaje de la huída comienza de nuevo.
Hay cosas que un sicario no olvida.
Paso a paso los pies del sicario viejo vuelven a encontrar los senderos de la noche al cobijo de las sombras. Eres un jodido yonki de este trabajo. Siempre piensas que será la última vez, que ya tienes dinero de sobra, que esto lo haces por darte un último capricho caro antes de colgar los guantes. Pero nunca lo dejas. Unos meses de retiro y otra llamada, otro porqué y otro porqué no. Un cliente, una bonita suma, un nuevo objetivo. El trabajo paciente y laborioso, el seguimiento, los sesos devanándose en la metodología, las rutinas, los puntos débiles, quizá un pavo, estudiar, repasar… hasta que llega la hora. Emerges de la sombra y contagias de ésta a tu víctima. Otra mirada desgarrada, la mueca desdibujada de un último suspiro y el engranaje de la huída comienza de nuevo.
Hay cosas que un sicario no olvida.



